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Keynes y el cambio climático

23/12/2008


La Agencia Internacional de la Energía (AIE) ha publicado la actualización anual de su estudio de prospectiva energética a 2030, incorporando ya los efectos de la crisis de la economía mundial. Para ese año estima un crecimiento de la demanda energética mundial del 45% respecto a 2006, siendo los países no-OCDE responsables del 87% de dicho incremento. Este dato, hace no mucho tiempo, se hubiera visto como un síntoma del crecimiento económico mundial y el desarrollo de estos países. Hoy, sin embargo, es una llamada de atención sobre los enormes retos y oportunidades que lo acompañan: las decisiones que se tomen marcarán el perfil energético y ambiental de los próximos 50 años y movilizarán más de 26 billones de dólares entre 2007 y 2030 en infraestructuras energéticas.

"Las decisiones que se tomen marcarán el perfil energético y ambiental de los próximos 50 años"
La cobertura de esta nueva demanda de los países emergentes con arreglo al patrón térmico convencional amenazaría gravemente al sistema climático, con independencia del intenso esfuerzo que debamos hacer los países desarrollados, y supondría una notable presión adicional sobre los precios de las materias primas energéticas. Resulta por ello capital fortalecer una acción global responsable que apueste por un perfil tecnológico bajo en carbono, donde el ahorro y la eficiencia y las energías renovables jueguen un papel protagonista.
Y en este contexto de crisis, la pregunta es si en una situación de dificultad económica como la actual es prioritario invertir en medidas contra el cambio climático. La respuesta es: sí, imprescindible. Las recetas del G-20 reclaman orden y control en los sistemas financieros; seguridad para bancos y cajas tras una inyección de liquidez que garantice su fortaleza; y redescubren a Keynes y el positivo efecto en cadena que pueden tener las inversiones públicas en infraestructuras, generando empleo y riqueza, y movilizando capacidad de innovación.
Pero en la inversión pública de hoy el modelo energético es un elemento fundamental del diagnóstico del problema y del éxito en la solución. El ahorro, la eficiencia y el cambio de modelo tecnológico son claves para superar la crisis. Tradicionalmente consideradas estrategias en el medio y largo plazo, hace ya tiempo que se vienen señalando como prioridades urgentes. Hoy, además, pueden y deben formar parte de las medidas de coyuntura que alimenten la corrección adecuada para encarrilar un nuevo modelo de desarrollo. Los tres grandes focos de atención al respecto son: un cambio de modelo en el transporte, la reinvención de nuestros hogares para promover el ahorro de energía y un mayor peso de las renovables en edificación y, por último, las infraestructuras energéticas.
Así lo ha entendido el recién electo presidente de EE UU Barack Obama, quien reitera una y otra vez su firme compromiso en la lucha contra el cambio climático y el cambio de modelo energético. Destaca la promesa de invertir 15.000 millones de dólares al año durante la próxima década en energías renovables. Esto permitirá a la industria estadounidense desarrollarse considerablemente y, más pronto que tarde, adelantar a quienes contaron con un marco jurídico, económico y sociopolítico mucho más adecuado los ocho años anteriores en el continente europeo.
En España, una política energética que impulsa el ahorro y la eficiencia energética y que da un fuerte apoyo a las renovables ha servido para cambiar la tendencia histórica de nuestra intensidad energética -por primera vez, en los últimos tres años se ha mejorado en un 7%-, así como para situarnos entre los líderes mundiales en eólica y fotovoltaica. Hoy disponemos de una industria potente que se beneficiaría de la ampliación de la demanda mundial de este tipo de soluciones. Sin embargo, existen todavía barreras que dificultan su pleno aprovechamiento. Probablemente, la más relevante es la limitada capacidad de la mayoría de los países en desarrollo para acoger estas nuevas tecnologías con requerimientos de gestión específicos.
Eso hace que cobre especial interés el fomento de la cooperación internacional. Una cooperación que se ha dado en otros frentes: en el nuclear y, más recientemente, en las incipientes tecnologías de carbón limpio. ¿Por qué no entonces promover una agencia internacional de cooperación en energía renovable que, de manera complementaria a la Agencia Internacional de la Energía, promueva la capacitación, estudio y divulgación de estas tecnologías? Esta es la intención de los promotores de IRENA, la agencia internacional de energías renovables, promovida con el firme liderazgo de España, Alemania y Dinamarca. La agencia se convertirá en un elemento fundamental que ayudará a superar las barreras proporcionando asesoría para el fomento de las renovables, facilitando la transferencia tecnológica y promoviendo el desarrollo local de capacidades y asesoramiento en materia de financiación.
Nada peor que permanecer ciegos a la evidencia o retrasar aquellas medidas clave para albergar soluciones prósperas a medio plazo y generadoras de inversión, empleo y riqueza en el corto.

Teresa Ribera es secretaria de Estado de Cambio Climático del Ministerio de Medio Ambiente.

Fuente:

El País

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